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NOEMI SJÖBERG
cv
selecció
de vídeos
per a projecció
videografia
article
de
Idoia Hormaza de Prada
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NOEMI SJÖBERG.
PROFUNDO ESTADO DE CONTEMPLACIÓN
Noemi Sjöberg se ha ido definiendo, desde
mediados de los años 2000, como una videoartista del
tiempo y de lo múltiple indagando sobre sí misma y sobre
su cualidad en el mundo marcada por la pulsión del
continuo viaje.
El retrato nunca es “uno”. Cómo ceñirse al
“uno” ante un mundo de continuas relaciones, estímulos,
movimientos, procesos, multiplicidad de tiempos, lugares,
relaciones, generaciones, culturas, situaciones, fuerzas.
La percepción está sujeta por el
pensamiento. Nuestra convicción de lo real está parapetada
por un conjunto de creencias y valores. El consenso que
acota la realidad no deja imaginación ni para la
observación activa ni para la apertura a otros
cuestionamientos. La normalidad se ajusta a grupos de
pertenencia, de afectos al servicio de las ideas. Nuestra
existencia sucede en un perímetro de tierras, culturas,
identidades, donde prácticamente no queda territorio
inexplorado, sin nombre, coordenadas o definición. No
existe palmo del planeta que no haya sido horadado por la
huella de la razón, del orden.
Noemi Sjöberg busca, y encuentra, el
intersticio haciendo saltar los nombres y los números por
los aires. Explora la intriga del pormenor, nodo menudo en
una red de redes, que concentra lo manifiesto de lo
sorprendentemente invisible, la elección del foco nunca es
ingenua.
Nació en la ciudad de Madrid, desde la que
su familia se mudó a París cuando ella apenas contaba con
un año de vida y, con el paso de los años, Madrid quedó
como una anécdota en la memoria. Mientras en la casa
materna se hablaba el castellano, aprendió francés en la
escuela. Con trece años fue a vivir a Suecia, país del que
su padre es originario, y en el que pasó un período
interna. Un nuevo viraje lingüístico y cultural que quedó
marcado en las retinas, la situación de una cierta
fragilidad ante los nuevos hábitats, traía consigo un
recuestionamiento de la condición, los códigos, la
tradición: la identidad. El viaje como accidente primero,
se convierte en búsqueda después, es la vía por la que la
artista cuestiona y se cuestiona a sí misma, el lance para
atravesar una puerta.
Si bien comenzó experimentando con la
pintura, su naturaleza bidimensional le hizo sentirse
prisionera y no fue hasta que descubrió la versatilidad de
la imagen en movimiento, cuando pudo expresar las
estructuras cronológicas de lo sensorial. Así como
explorar las gradaciones de la dualidad, abriendo su
particularidad de opuestos en nociones que coexisten, lo
real y lo irreal, la inmediatez y la permanencia, la
multiplicidad y la unidad, lo visible y lo invisible.
Las desavenencias y las complicidades de los
anversos y reversos son los ingredientes de la emoción,
son la chispa del interrogante que se encuentran en el
estado del presente continuo que tan bien expresara
Bergman. El mismo que transita Sjöberg con su cámara
fijándose en la variación mínima del momento extendido, el
secreto de los pliegues del tiempo, como en Autorretrato
(2020).
Esta impronta del cambio y la estabilidad,
de la incorporación vital y psicológica de los distintos
lugares, establece un punto de partida familiar de sesgo
multicultural que se amplía en la frecuencia de las
visitas a Marruecos, Japón, India, Francia, China, la
lista es larga.
Hallamos en el sucederse de los vídeos de
Noemi Sjöberg una metabiografía: las reminiscencias del
cine de pura intriga psicológica de Hitchcock, el maestro
del suspense. En Shadows
(2017) un plano general presenta un puerto rodeado de
apacibles casas blancas, la mirada estratégica muestra un
objetivo. Lo cálido del paisaje zozobra bajo un sol
demasiado brillante, el vuelo errático de las gaviotas sin
graznidos, invisibles aviones de guerra, la promesa abisal
de las negras aguas. El chapuzón infantil en el puerto de
Essaouira se acompaña de un motor que cae libre, en
picado. Mientras… los trabajadores, los pescadores, las
madres, asisten atareados e indolentes al caluroso día.
Noemi Sjöberg tiene la virtud de provocar la
duda, la atención inquieta. Sólo la espectadora es
consciente del preludio de algún tipo de desastre. Trucos
de cámara bien estudiados, sonidos sustitutivos,
fugacidades que persisten en la edición videográfica,
presentan la contingencia de las posibles derivas.
Derivas permitidas por la plasticidad
llevada a los límites por los primeros videoartistas que
al igual que Sjöberg entendieron muy pronto que el vídeo
les colocaba ante los umbrales de la percepción (India,
2009, Parallel Worlds,
2018).
Una pantalla, dos lugares. Una retícula los
presenta por separado, la superposición de paisajes
urbanos de Essaouira y Londres tiene lugar cuando una niña
aparece en un fondo de consistencia acuosa que brinda un
ritmo líquido que permite que los Parallel
Worlds fluyan, tanto el tráfico humano, la
cultura, como el arquitectónico, la tradición. La niña
puede ser el camino para escapar del idéntico reducto
social, del samsara, de la rueda de la fortuna.
La artista no muestra las diferencias sino
que se decide por evidenciar las similitudes. Muestra una
inclinación por los olvidados, míseros (Mientras
tanto, 2018), los habitantes de territorios
inhóspitos (Mongolia,
2006) o urbanizados hasta la saciedad por paralelepípedos
grises y los homeless (Tokyo,
2004), por los niños cuya presencia se va desgranando en Bubbles
(2018), Game Fields
(2019), Public
Wash-house (2020), Summer
Day (2020), Parallel
Worlds... Se despierta la misma empatía que
tejiera desde los cimientos el cine de Truffaut y
Pasolini. La sinceridad de sus vídeos los dota de
tangibilidad, son cálidos, cercanos, sacuden.
La cámara y Noemi son una e indagan la
esencia. No ven, miran desde el limbo activo y pasivo de
la seducción de lo tierno y terrible, lo eterno y lo
efímero. La edición es la voz en off
distorsionada que interroga. El instante
acorralado bajo el microscopio desnuda la elocuencia de lo
desapercibido.
En Bubbles
una muchedumbre avanza ajetreada en una plaza. Entre el
hervidero de gente que actúa ignorante para la cámara,
llama la atención un hombre que vende un juguete para
hacer pompas de jabón que sobrevuelan. Un sonido mecánico
hace retroceder las acciones dando entrada a
micronarrativas. De entre los niños turistas sólo uno se
identifica con otro, mendicante. Podría ser él mismo, pero
no podía saber que él mismo estuviera en esa situación.
Tras el recorrido por las distintas situaciones se vuelve
al plano general y ahora es un niño el que intenta vender
el juguete.
El juego se ve en ocasiones precoz y
forzosamente abandonado en un tablero de adultos. En Game
Fields se fusionan los dos procedimientos del
entretenimiento, uno cínico para ser consumido, otro de
vivaz experimentación. El tumulto de imágenes
desestructuradas de colores brillantes tiene un impacto
alienante, de pesadilla. Una alusión al poder, al anhelo
de derribar fronteras y, una vez más, estas fronteras
separan inventados contrarios: poderosos y oprimidos,
deseo y represión, juego y guerra. Se filtra el cine, el
videoarte, se filtra la televisión donde el verdadero
criminal es el virtuoso gracias a la tramoya mediática. El
sueño de la razón produce monstruos.
Las narraciones psicológicas se ordenan en
las imágenes como en nuestros propios pensamientos o en
las perturbaciones mentales, no son forzosamente lineales.
Hay un interés por la antropología, por la psicología cuyo
conocimiento se vio impulsado por las lecturas de Oliver
Sacks y Temple Grandin, especializada en el autismo. En la
imagen, lo psicológico encuentra sus densidades en los
ensayos primeros de Peter Campus, Gary Hill, que tanto
desubicaban al espectador, otra de las influencias de
Noemi Sjöberg quien tensa tiempo y espacio en conjunto
movimiento, casi detenido. Los primeros videoartistas
entendieron muy pronto que el vídeo les colocaba ante los
umbrales de la percepción, ella identificó el estado de
inspiración y creación como un profundo estado de
contemplación. Ante estas premisas no queda sino romper
con los hilos argumentativos convencionales. El espectador
está obligado a detenerse ante la vida que ella atrapa, a
abandonar el espacio inmerso en especulaciones.
El leitmotiv,
es decir, lo recurrente que en su vuelta adquiere
distintas significaciones, tiñe toda su trayectoria
convirtiéndose en la materia del paso del tiempo, la
alteración sensorial, lo interactivo, en lo polifacético
del binomio conceptual. Los vídeos se van impregnando
sucesivamente de la mirada caleidoscópica de la artista,
desordenan toda demarcación visual física en el espacio de
la acción. La paleta de giros de cámara, encuadres
precisos, zooms out, superposiciones, angulaciones
distorsionadas, “expresionistas” señala ella, el grano
descomunal de lo borroso, obstruyen la figuración para
traslucir nuevas apariencias, ilusiones, transmitir la
idea que ella ve.
La buena suerte puede llevar a presenciar lo
insólito o puede que lo insólito sea detectar lo raro.
De pronto, en la calle, la diversión se presenta en el
juego del lanzamiento de bolas de nieve. Es inusual que
algo así ocurra en un país Tehran
(2005) con apenas vida pública, en el que el
cosmopolitismo se vio truncado por un gobierno
eminentemente teocrático. Lo cotidiano se trastorna en el
impacto inexorable de una bola. Un episodio que se desliza
con la posibilidad de un gesto bélico, el de la explosión.
En la obra de Sjöberg coexiste un tiempo
para lo humano y otro para lo atemporal del paisaje, a
veces dialogando, en otras ocasiones ocupando dimensiones
distintas. Los ríos, todo fluye, panta rei, Besòs
River (2009), Segre
River (2010), Fluvià
River (2017). Adentrarse en los misterios de los
fluidos supuso una serie de colaboraciones con el artista
sonoro Juan Matos Capote. En estas representaciones se
recoge un sentimiento dividido entre su condición de
exploradora y habitante del momento. El vídeo es el mejor
medio para captar la subjetiva realidad, el documento es
trastocado por el lirismo visual.
Las referencias personales que surcan los
vídeos, son más o menos explícitas, la materia con la que
trabaja no es equiparable a la de los artistas
investigadores, ya que no parte exclusivamente de
concienzudas tesis. Más bien se va empapando de videoarte,
cine, literatura, ensayos, música, que quedan recogidos en
la experiencia. Sale intrépida en busca del azar,
sintiendo el peso de su cámara y sin trípode, con la
sensación de libertad que definía Shigeko Kubota. El
conocimiento necesario surge al aire libre o lo hace en la
edición, lugar en el que ella misma puede percatarse de
algo que no vio. Es una artista de campo.
Entre estas visiones, se halla el deseo de
trascender los límites de las posibles posiciones del ser
humano con la creación de un arte sumamente sugerente e
invitante. Estos cuentos visuales y musicales comparten un
lenguaje. Tras el impacto inicial de los primeros
presentimientos reconocibles, se abre un nuevo espacio
inexplorado, la mirada es estética, poética, política y
filosófica.
IDOIA
HORMAZA DE PRADA Treballa com a “personal
investigador de projecte específic” a la Universidad
Complutense de Madrid (UCM), on també desenvolupa la
tesi. I en el terreny de la gestió cultural, per a
diferents entitats culturals. Escriu i realitza
continguts audiovisuals per a diversos mitjans sobre art
contemporani.
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